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Desde lo visible a lo invisible

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Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Y tú estabas dentro de mí y yo fuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo.

San Agustín

Introducción
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El 24, 25 y 26 de julio de este año, se llevó a cabo el V Congreso internacional «Fe, Arte y Mito» en el colegio San Pablo, en el barrio de Recoleta, Capital Federal, Argentina.

Tuve la fortuna de asistir a los tres días del congreso y a continuación quiero comentarles cual fue mi experiencia, y que fue lo aprendido en esos días de gran erudición por parte de los conferencistas y ponentes, de trivia, de café y medialunas, y por último, aunque bien podría haber sido lo primero: comunidad.

No pretendo describir en sumo detalle lo ocurrido en esos días, ya que no llevé un registro minucioso de cada una de las conferencias y mucho menos de las ponencias, y por lo tanto, en este publicación tan solo busco describir a grandes rasgos el congreso y compartir alguna que otra reflexión que aquellos que asistieron, pueden juzgar si son válidas o no.

Lo invisible y lo visible
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Si mal no recuerdo, este congreso debía referirse algo holgadamente a la importancia de lo invisible por sobre lo visible. Aquello que no vemos con nuestros ojos, y sin embargo es más importante que lo que sí vemos; y no solo es más importante, o mejor dicho, su importancia radica en que es causa de lo visible.

Y si bien esto puede parecer oscuro a muchos de los lectores, es harto evidente si consideramos cierta figura manchega; una figura flaca, alta, seca: la del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Movido por ese ardiente deseo de «deshacer agravios y enderezar tuertos» y sus ojos puestos en la sin igual hermosura de Dulcinea, podemos ver claramente como lo invisible opera en lo visible. Es el ideal caballeresco lo que mueve a Alonso Quijano a convertirse en el Quijote, y es a causa de ese ideal que es molido a palos reiteradas veces a lo largo de la historia.

Son sus propios ojos los que le informan de la hermosura de Dulcinea, y por dicha hermosura está dispuesto a padecerlo todo; hermosura visible que es reflejo de una hermosura mucho más antigua y nueva, causa de toda hermosura en las criaturas. Así es como lo invisible opera en lo visible: es manifestación de algo que no podemos ver (aun), pero cuyo reflejo podemos ver en las cosas creadas.

Paralelos fueron trazados entre Cervantes y Dante, al igual que Chesterton y como los héroes de las obras de estos autores fueron movidos por la hermosura (visible) de las doncellas, para llegar a conocer a la Hermosura misma (invisible), causa de toda hermosura.

De ahí que lo mas importante en este mundo es lo invisible, y hasta podríamos pensar que resulta paradójico el afirmar que podemos conocerlo a través de lo visible, de lo manifiesto.

El naufragio
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Éste, sin embargo, es un camino peligroso: en cualquier momento podemos confundir los tantos y perdernos en la belleza de las criaturas; naufragamos en un mar y perdemos de vista el puerto, hechizados por los cantos de sirenas, ni siquiera recordamos quiénes somos, de donde venimos y hacia donde vamos.

El camino de regreso, lo emprendemos cuando comenzamos a recordar quienes somos primero, y luego quién es Dios: «Que me conozca a mí, y te conozca a Ti» decía San Agustín, sin duda haciéndose eco de esa frase pronunciada por Sócrates y que vio escrita en el templo Apolo, en el Oráculo de Delfos: «conócete a ti mismo».

No podemos conocernos a nosotros mismos a menos que examinemos nuestras vidas, pero aun cuando hagamos esto, nos encontramos naufragando sin posibilidad alguna de llegar a tierra firme. Buscamos algo a lo cual aferrarnos y que nos conduzca en nuestras vidas hasta alcanzar el puerto. A propósito de la tierra, podemos decir que lo que buscamos son nuestras raíces, nuestra tradición.

A las raíces profundas no llega la escarcha
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Esta tradición que tiene tanto de griego como latino, y por supuesto, cristiano católico. Es en esta tradición en la que encontramos esas raíces a las que no llega la escarcha porque se encuentran firmemente arraigadas a la tierra; es esa tradición en donde encontramos el modo de conducirnos en esta vida; es en esa tradición en donde nos conocemos a nosotros mismos.

Y aunque nos parezca extraño (vaya uno a saber porqué), esa tradición se transmite mediante mitos. El mito tiene una fuerza arrolladora e inexplicable que ningún ensayo filosófico o escrito teológico puede alcanzar. Y eso que no pueden alcanzar es justamente la multitud.

Desde tiempos inmemoriales, el hombre se ha reunido alrededor del fuego para contar historias, y uno no se imagina a un grupo de amigos reunidos para hablar acerca del concepto de participación en la teología de Santo Tomás de Aquino. Sin duda debe haber algún grupo selecto de amigos que pasa su tiempo juntos en tales discusiones, pero todo lo que sabemos de grupos de amigos que sí discutían tales cosas, es que se reunían principalmente para hablar de mitos.

Fe, arte y mito
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Es el mito, entonces, el medio por el cual la tradición es transmitida de generación en generación, en ese mito nos conocemos a nosotros mismos y conocemos a Dios. Y uno podría hasta argumentar que de todos los mitos de todas las civilizaciones, hay uno en particular que es verdadero.

Sobre ese mito verdadero se funda nuestra civilización y una tradición que nos enseña o recuerda amar y luchar por Dios, la patria y la familia. Éstos están siendo atacados desde todos los flancos, especialmente la familia. Pareciera que hoy más necesario que nunca, recordar lo fundamental, volver a la tradición: recordar quienes somos, de donde venimos y hacia donde vamos.

En el capítulo de La ética del país de los elfos en Ortodoxia, Chesterton nos habla justamente sobre ésto: el hombre moderno ha olvidado quién es. Debemos realizar un esfuerzo por recordar, por volver a nuestras raíces.

Todos hemos olvidado quiénes somos. Podemos entender el cosmos, pero nunca el ego: el ser es más distante que cualquier estrella. Amarás al Señor tu Dios: pero no te conocerás a ti mismo. A todos nos aqueja la misma calamidad intelectual: hemos olvidado nuestros nombres. Hemos olvidado lo que somos en realidad. […] Olvidamos que hemos olvidado. Eso que llamamos espíritu, arte y éxtasis significa sólo que, por un terrible instante, recordamos que olvidamos.

G. K. Chesterton

La comunidad del anillo
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Algo que quiero destacar del congreso es la comunidad. Es uno de los puntos mencionados al comienzo de éste. No solo se pretende aprender algo nuevo y enriquecedor de parte de los conferencistas y los ponentes, sino también formar comunidad. En este naufragio, no nos encontramos solos, y la comunidad y la amistad son un bálsamo para nuestras heridas; hacen posible soportar el naufragio: «Quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro».

La carga de los Rohirrim
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El final del congreso me pareció particularmente esperanzador, en el sentido que no solo nos reunimos para aprender sobre grandes autores, sus obras, vidas y legado; en resumen, la tradición que nos han transmitido, significó también un punto de inflexión: a partir de ahora, cada uno de los que asistieron al congreso, carga con el deber de transmitir esa tradición, ese fuego sagrado, tan necesario en estos días de oscuridad en que la modernidad ataca implacablemente y sin tregua la tradición.

La modernidad ataca lo invisible, y por extensión lo visible. Y ataca lo invisible, a través de lo visible, lo manifiesto, buscando borrar de las mentes y los corazones, o bien impidiendo que florezca en éstos, ese deseo por lo bueno, lo verdadero y lo bello. Hace esto atacando a lo único en este mundo que es reflejo, imagen reflejada de esa Belleza increada, que es Una y Trina: la familia. Si es posible destruir a la familia, entonces todo ideal de patria e incluso la existencia misma de Dios queda vedada de la razón y los corazones de los hombres, mas no extinguida. Es imperativo que cada uno de nosotros defienda la tradición, porque si nosotros no la defendemos, entonces ¿quién lo hará?

El Pony Pisador
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A este punto el lector puede preguntarse acerca de la trivia y de la peña, del café y por supuesto, las medialunas. Y la respuesta a esta aparente omisión por parte del autor es: tendrá que ir al próximo congreso y juzgar por sí mismo.

– Syme