Descripción #
Bienvenidos a una vez más a La Última Cruzada. En este episodio, hablaremos sobre una de las obras más famosas del autor ruso Fiódor Dostoievski: «Crimen y castigo». Es una novela que narra la historia de Raskolnikov, un joven estudiante de derecho que comete un crimen. Investigaremos las causas de dicho crimen y lo que yace detrás de este.
Acompáñanos en este viaje por las profundidades del espíritu humano de la mano del este gran «pneumatólogo».
Bibliografía: #
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Crimen y castigo. Fiódor M. Dostoievski. Traducción de Rafael Cansinos Assens. Penguin Random House Grupo Editorial. 2023.
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Diario de un escritor. Fiódor M. Dostoievski. Traducción de Víctor Gallego Ballestero. Alba Editorial. 2021
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Socrates’ Children. Peter Kreeft. Volumen IV: Contemporary Philosophers. Word on Fire Institute. 2023.
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A History of Philosophy. Volume 7. 18th and 19th century german philosophy. Frederick Copleston. Bloomsbury Publishing. 2003.
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Bienvenidos a La Última Cruzada. En este episodio, hablaremos sobre una de las obras más famosas del autor ruso Fiódor Dostoyevski: «Crimen y castigo». Es una novela que narra la historia de Raskolnikov, un joven estudiante de derecho que transgrede la ley, pero no cualquier ley. Según el autor, esto es un síntoma de una enfermedad espiritual de cuyas causas hablaremos en este episodio.
Comencemos.
Bienvenidos una vez más a La Última Cruzada, donde combatimos las locuras del mundo moderno. Soy su anfitrión Syme y en este episodio hablaremos sobre dos de esas locuras.
Antes de comenzar, quiero decir que doy por supuesto que los oyentes ya han leído la obra mencionada. Aquí tan solo hablaremos sobre dos ideas modernas en particular y sus consecuencias en dicha obra.
Como habíamos dicho en el episodio anterior y al comienzo de este, Dostoievsky afirma que el hombre moderno está enfermo espiritualmente hablando y las causas de dicha enfermedad son las ideas modernas.
En la obra, el autor menciona cuatro ideas modernas que sostiene son las causas de la enfermedad, a saber: 1) el liberalismo, 2) el utilitarismo, 3) el socialismo y 4) el nihilismo.
Hablaremos solamente del utilitarismo y del nihilismo, ya que son las dos ideas que ejercen mayor influencia en el protagonista de la obra y cuyas últimas consecuencias el autor nos muestra.
Comencemos con el utilitarismo. ¿Qué es el utilitarismo? Para contestar a la pregunta, dejemos que el mismo autor nos lo cuente:
Utilitarismo
Yo, a esa condenada vieja la mataría y la robaría, y te juro que sin el menor remordimiento de conciencia —añadió con ardor el estudiante. El oficial tornó a reírse; pero Raskólnikov dio un respingo. ¡Qué extraño era todo aquello! —Permíteme que te haga una pregunta en serio —dijo, con alguna exaltación, el estudiante—. Yo, naturalmente, hace un momento, hablaba en broma; pero mira; de un lado, una vieja estúpida, imbécil, inútil, mala, enferma, que a nadie le sirve de provecho, sino que, por el contrario, a todos perjudica; que ella misma no sabe para qué vive y que mañana acabará por morirse ella sola… ¿Comprendes? ¿Comprendes? —Sí, comprendo —respondió el oficial mirando atentamente a su acalorado compañero. —Pues sigue escuchando. De otro lado, energías juveniles, frescas, que se rinden en vano, sin apoyo, y esto a miles, y esto en todas partes. Mil obras e iniciativas buenas que se podrían hacer y perfeccionar con los dineros que esa vieja lega al monasterio. Cientos, miles quizá de existencias acarreadas al buen camino; decenas de familias salvadas de la miseria, de la disolución, de la ruina, de la corrupción, de los hospitales venéreos… Y todo eso, con sus dineros. Mátala, quítale esos dineros; para con ellos consagrarte después al servicio de la Humanidad toda y al bien general. ¿Qué te parece? ¿No quedaría borrado un solo crimen, insignificante, con millares de buenas acciones?… ¡Por una vida…, mil vidas salvadas de la miseria y la ruina! Una muerte, y cien vidas, en cambio… Es una cuestión de aritmética. ¿Ni qué pesa tampoco en las balanzas comunes de la vida esa viejuca tísica, estúpida y mala? No más que la vida de un piojo, de una cucaracha, y puede que aún menos, puesto que se trata de una vieja dañina. Ella se alimenta de la vida ajena, es mala; no hace mucho que, de rabia, le mordió un dedo a Lizaveta; por poco si se lo arranca de cuajo. —Sin duda que no merece vivir —observó el oficial—; pero esa es la Naturaleza. —¡Ah, hermano, sí; pero a la Naturaleza se la mejora y se la encauza, sin lo cual naufragaríamos en prejuicios! Sin eso no habría nacido ni un solo hombre grande. Dicen: «¡El deber, la conciencia!». Yo no quiero decir nada contra el deber y la conciencia…; pero ¡hay que ver cómo los entendemos! Espera, que voy a hacerte otra pregunta. Oye. —No; aguarda tú, que soy yo quien va a preguntarte. Escucha. —Bueno. —Tú, hasta ahora, hablas y discurseas; pero dime: ¿matarías tú mismo a la vieja o no? —¡Naturalmente que no!… Yo, en justicia… Pero eso no es cosa mía… —Pues, a mi juicio, si tú mismo no te decides, no se trata aquí para nada de justicia. ¡Anda, vamos a echar otra partidilla!
—Crimen y Castigo, Primera parte, capítulo VI.
En esta cita, Raskolnikov, el protagonista de la obra, está en una taberna y escucha la conversación que un joven estudiante mantiene con un oficial.
Aquí podemos ver claramente la idea moderna de «utilitarismo» y sus últimas consecuencias.
¡Por una vida…, mil salvadas de la miseria y la ruina! Una muerte y cien vidas, en cambio… Es una cuestión de aritmética.
Este pensamiento refleja el «principio de utilidad» o «principio de máxima felicidad» cuya definición según John Stuart Mill (el mayor exponente del utilitarismo) es:
El credo que acepta como fundamento de la moral «la utilidad» o «principio de máxima felicidad» sostiene que las acciones son buenas en cuanto tienden a promover la felicidad, malas en cuanto tienden a producir lo opuesto a la felicidad. Por “felicidad” se entiende placer y ausencia de dolor; por “infelicidad” dolor y privación de placer».
El estudiante tan solo aplicó el principio de utilidad y razonó hasta sus últimas consecuencias, y concluyó, lógicamente, que el asesinato y robo de la vieja usurera era algo bueno, si era cometido con el fin de ayudar a muchas otras personas con el dinero robado.
Y arribó a esta conclusión, realizando un cálculo en el que juzga por un lado, cuánto dolor produce el asesinato de la vieja y por otro, el placer o «felicidad» que produce el ayudar a muchas personas con el dinero robado.
Este cálculo es llamado «felicífico», y consiste en examinar las medidas de placer y dolor producidos por un acto determinado para decidir si ese acto es bueno o malo, contrastarlas entre sí y el resultado de dicho cálculo será el acto moral que el agente deberá realizar.
Fíjense, queridos oyentes, que el estudiante arriba a tal conclusión «razonando», no fue un impulso del momento, sino un acto deliberado, calculado y que partió de principios filosóficos.
Habíamos comenzado hablando sobre dos ideas modernas que enferman espiritualmente al hombre: una de ellas fue el utilitarismo, y la otra idea que mencionamos fue el nihilismo.
El nihilismo y sus supuestos antídotos, a saber: la moral del amo y del esclavo, y la idea del superhombre son las verdaderas causas que mueven a Raskolnikov a cometer el asesinato y robo de la vieja usurera, y constituyen el foco de la obra.
En la obra, el juez que investigaba el crimen de la vieja usurera, menciona el artículo escrito por Raskolnikov, publicado en un periódico, donde éste elabora su teoría, y en la cual podemos encontrar las ideas de «la moral del amo y del esclavo» y del «superhombre».
[…] Había cierta alusión al hecho de haber en el mundo algunos individuos que podrían…; es decir, no que podrían, sino que tienen perfecto derecho a cometer toda suerte de actos deshonrosos y de crímenes, y para los cuales es como si no se hubiese escrito la ley.
Aquí, el protagonista escribe sobre ese tipo de hombre superior que tiene derecho al crimen y sobre el cual hablaremos más en profundidad en un momento.
En la próxima cita, el juez describe la división de los hombres en inferiores y superiores —a éste último acabamos de mencionarlo—.
[…] Todo el quid está en que su artículo divide usted a los hombres en «ordinarios» y «extraordinarios». Los hombres vulgares deben vivir en obediencia y no tienen derecho a infringir las leyes, por el hecho mismo de ser vulgares. Pero los extraordinarios tienen derecho a cometer toda suerte de crímenes y a infringir de todas las maneras las leyes, por el hecho mismo de ser extraordinarios.
Ahora bien, la cuestión no es tan simple como aparenta. Raskolnikov reconoce que esta distinción entre hombres ordinarios y extraordinarios no tiene nada de nuevo: «[…], esto, hasta ahora, apenas tiene nada de particularmente nuevo. Esto se ha impreso y se ha leído miles de veces».
Esta es la razón por la cual Raskolnikov responde al comentario del juez sobre su teoría, afirmando que existe un punto que necesita aclarar respecto de los hombres extraordinarios y su derecho al crimen:
Superhombre (1/2)
—No es eso enteramente lo que yo decía —declaró sencillamente y en voz alta—, aunque, lo reconozco, usted ha expuesto mi idea casi fielmente y, si usted se empeña, con absoluta fidelidad… —Parecía como que le agradaba reconocer esa fidelidad absoluta—. La diferencia consiste tan solo en que yo no sostenía ni remotamente que los hombres extraordinarios estuviesen obligados y hubiesen, sin remisión, de cometer siempre toda suerte de actos deshonrosos, según usted dice. Me parece incluso que la censura no lo hubiera dejado pasar. Yo me limitaba sencillamente a insinuar que los individuos «extraordinarios» tenían derecho (claro que no un derecho oficial) a autorizar a su conciencia a saltar por encima de… ciertos obstáculos, y únicamente en el caso en que la ejecución de su designio (salvador, a veces, acaso para la Humanidad toda) así lo exigiere. Usted ha tenido a bien decir que mi artículo no estaba claro; yo estoy dispuesto a explicárselo a usted hasta donde pueda. Es posible que no me equivoque si supongo que usted así lo desea; pues dígalo. A juicio mío, si los descubrimientos de Kepler y Newton, por consecuencia de ciertos enredos, no hubiesen podido llegar a conocimiento de los humanos de otro modo que mediante el sacrificio de la vida de uno, diez, cien o más hombres, que se opusiesen a ese descubrimiento o se atravesasen en su camino como obstáculos, Newton, entonces, hubiese tenido derecho, y hasta el deber…, de eliminar a esos diez o a esos cien hombres, a fin de que sus descubrimientos llegasen a noticia de la Humanidad toda. De lo cual, sin embargo, no se sigue en modo alguno que Newton tuviera ningún derecho a asesinar a quien se le antojase, sin ton ni son, ni a ir todos los días a robar a la plaza. Recuerdo, además, que yo, en mi artículo, desarrollaba la idea de que todos…, digamos, por ejemplo, los legisladores y fundadores de la Humanidad, empezando por los más antiguos y continuando por Licurgo, Solón, Mahoma, Napoleón, etcétera, etcétera, todos, desde el primero hasta el último, habían sido criminales aunque no fuese más que porque, al promulgar leyes nuevas, abolían las antiguas, tenidas por sagradas para la sociedad y los antepasados, y seguramente no habrían de detenerse ante la sangre, siempre que esta (vertida a veces, con toda inocencia y virtud, en defensa de las viejas leyes) pudiera servirles. Es también significativo que la mayor parte de esos bienhechores y fundadores de la Humanidad fueran unos sanguinarios, especialmente feroces.
—Crimen y Castigo, Tercera parte, capítulo V.
Y este es el punto que mencionaba anteriormente:
[…] los individuos «extraordinarios» tenían derecho […] a autorizar a su conciencia a saltar por encima de… ciertos obstáculos, […] únicamente en el caso en que la ejecución de su designio (salvador, a veces, acaso para la Humanidad toda) así lo exigiere».
Esto es «lo que, efectivamente, resulta original en todo eso…, […] que se puede, en conciencia, derramar sangre» nota su amigo Razumijin.
Además, el protagonista describe a estos hombres extraordinarios como individuos que expresan «una palabra y un pensamiento superiores», rasgo distintivo de estos hombres.
Un ejemplo de este rasgo distintivo podemos encontrarlo en el mismo Raskolnikov; tal es así que el mismo Porfirii (el juez que investigaba el caso de la vieja usurera) le preguntó al respecto:
al escribir usted ese artículo…, seguramente es que…, ¡je…, je…, je!…, se consideraba usted a sí mismo…, aunque solo fuere un poquitín…, como un ser «extraordinario» y que dice una palabra nueva… Vamos, en el sentido que usted da a esta frase… ¿No es así?
Tal como dijimos, este rasgo distintivo de los hombres superiores, a saber, poseer «el don o el talento de decir en su ambiente una palabra nueva», es lo que concedía a la conciencia de esos hombres a autorizarse a saltar por encima de ciertos obstáculos, incluso si esto implica derramar sangre.
Yo concluía de ahí que todos los individuos, no ya los grandes, sino aun aquellos que se apartasen un poco de la vulgaridad, esto es, aun los capaces de decir algo nuevo, vienen obligados, por su propia naturaleza, a ser criminales sin remisión […].
Más adelante, Raskolnikov confiesa a Sonia la razón por la cual mató y robó, y muestra exactamente ese mismo rasgo que mencionaba anteriormente cuando hablaba sobre esos hombres extraordinarios:
Superhombre (2/2)
—Adiviné entonces, Sonia —prosiguió con entusiasmo—, que el poder únicamente se le da a quien se atreve a inclinarse y cogerlo. Solo una cosa, una cosa: que se atreva. Entonces se me ocurrió un pensamiento, por primera vez en mi vida, que nunca antes se me había ocurrido. ¡Nunca! De pronto se me hizo claro como el sol, se me presentó con toda evidencia, que, hasta ahora, nadie se había atrevido, ni se atrevería, al pasar junto a toda esa estupidez, a cogerlo sencillamente todo por la cola y mandarlo al diablo. Yo…, yo quería atreverme, y maté…; solo quería atreverme, Sonia: ahí tienes toda la razón.
Entonces se me ocurrió un pensamiento, por primera vez en mi vida, que nunca antes se me había ocurrido.
Este es el rasgo que habíamos comentado anteriormente, ésta es la «palabra nueva» que «dice en su ambiente». Ésto es lo que lo aparta del rebaño y lo establece como hombre extraordinario.
Pero aún falta algo, que se atreva:
hasta ahora, nadie se había atrevido, ni se atrevería, al pasar junto a toda esa estupidez, a cogerlo sencillamente todo por la cola y mandarlo al diablo.
Este es el otro rasgo distintivo del hombre superior, del superhombre: el atreverse a traspasar los límites impuestos por la moral. A transgredir la ley. La moral es «toda esa estupidez» que Raskolnikov menciona y es eso lo que quiere «mandar al diablo».
Cuando hablaba acerca de que «nadie se había atrevido, ni se atrevería», estaba hablando del rebaño, del hombre ordinario que obedece la ley. El hombre extraordinario, en cambio, y como hemos visto, es aquel que se atreve a infringir la ley, el único que tiene derecho a hacerlo en virtud de su naturaleza.
Una vez más, podemos ver claramente la idea expuesta por el autor en boca del protagonista de la obra; la idea del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, la idea de la moral del amo y del esclavo, al igual que la idea de superhombre.
Antes de continuar, quiero comentar brevemente que no hay registro alguno en donde Dostoievsky haya siquiera mencionado a Nietzsche. Sin embargo, si existe, al menos un escrito, donde Nietzsche menciona a Dostoievsky.
En El ocaso de los ídolos, Nietzsche escribió: «Dostoievski, el único psicólogo del que he tenido algo que aprender».
Con esto, quiero dejar en claro que ambos arribaron a una misma conclusión respecto de la enfermedad del hombre moderno, aunque el remedio para dicha enfermedad es diferente en ambos.
Continuamos, entonces, hablando de la moral del amo y del esclavo.
Según Nietzsche, existen dos tipos de moral, aquellas que acabamos de mencionar; en la moral del amo o aristocrática, lo «bueno» y lo «malo» equivalen a «noble» y «plebeyo».
En la moral del esclavo, en cambio «lo bueno es lo que es beneficioso para la sociedad del débil» y «los individuos fuertes e independientes son considerados como peligrosos, es decir, como “malos”».
«La moral de los esclavos, es, pues, una moral gregaria. Sus valoraciones morales son expresiones de las necesidades del rebaño».
Por supuesto, por «extraordinarios» entendemos «nobles» y por «ordinarios» o «vulgares», «plebeyos». Los hombres extraordinarios son los «fuertes e independientes» y los ordinarios son los «débiles» que habíamos mencionado anteriormente.
Estos hombres extraordinarios son el ideal de superhombre de Nietzsche. «Cuando Nietzsche habla de una posición más allá del bien y del mal, está pensando en superar la llamada moral del rebaño».
Esto lo hemos visto con la última cita sobre la razón por la cual Raskolnikov mató y robó: fue más allá del bien y del mal, traspasó los límites de la moral del rebaño, y pagó el precio por hacerlo.
Estos hombres superiores hacen esto con el fin de «crear valores que expresen una vida superior y un medio para trascenderse a sí mismos hacia el superhombre, un nivel superior de existencia humana».
Este superhombre «es la integración y desarrollo más altos posibles del poder intelectual, la fortaleza de carácter y voluntad […]».
Sobre este punto, volveremos en el próximo episodio, solo basta decir que la razón por la que Raskolnikov cree que es un hombre extraordinario yace aquí.
Algo digno de mencionar es que «el superhombre podría ser Goethe y Napoleón en una sola persona, apunta Nietzsche».
Y éste es otro punto en donde podemos encontrar que el pensamiento de Nietzsche y Dostoievsky arriban a la misma conclusión. En efecto, Raskolnikov toma como ejemplo de hombre extraordinario la figura de Napoleón.
Cuando Raskolnikov responde al comentario del juez sobre su teoría, menciona a Kepler y Newton, Licurgo, Solón, Mahoma y Napoleón como ejemplos de hombres extraordinarios y los distingue del resto de los hombres a los que se refiere como ordinarios y vulgares.
De nuevo, éste es otro punto en donde ambos autores arriban a la misma conclusión, a tal punto de usar la misma palabra. En algunas traducciones al español «vulgar» es traducido como «rebaño», que dicho sea de paso, es la palabra usada por el autor en el ruso original.
A propósito de Napoleón, Raskolnikov escribe:
[…] El verdadero dominador, al que todo le está permitido, bombardea Tolón, asuela París, olvida a su ejército en Egipto, derrocha medio millón de soldados en la retirada de Moscú y sale del paso con un retruécano en Vilna; y todavía, después de muerto, le levantan estatuas… Según parece, todo le estaba permitido. ¡No; esos seres, por lo visto, no son de carne y hueso, sino de bronce!
Estas ideas, a saber: la idea de superhombre y la idea de la moral del amo y del esclavo son el supuesto antídoto al nihilismo, según Nietzsche.
¿Qué es el nihilismo? El nihilismo es «el acontecimiento más importante de la época actual —que Dios ha muerto, que la fe en el dios cristiano ha sido imposible de mantener—».
Y la consecuencia del nihilismo es que «el declive de la creencia en Dios abre el camino a las energías creadoras el hombre».
¿En qué sentido abre el camino a las energías creadores del hombre? En el sentido que ya mencionamos: «crear valores que expresen una vida superior».
«La muerte de Dios» tiene dos consecuencias: la primera es «el ocaso de la civilización cristiana decadente de Europa» y la segunda es «el rechazo de los valores absolutos, de la idea de una ley moral objetiva y universal».
Y el motivo decisivo de su rechazo es que los hombres (o el propio Nietzsche) pueden ocupar el lugar de Dios como legislador y creador de valores.
Ahora, quiero hablar tan solo un momento más sobre este último punto antes de terminar con el episodio. La segunda consecuencia de la muerte de Dios es: «el rechazo de los valores absolutos».
[Esto] incluye la muerte de la verdad objetiva, que, según Nietzsche, probablemente diría que es solo «Dios sin rostro».
Y ésta es la clave para entender «Crimen y Castigo». También es la clave para conocer el remedio de la enfermedad que padece el hombre moderno. Y por último, es la clave para contestar la pregunta que hicimos en el primer episodio de este podcast.
[Nietzsche] escribió famosamente: «No hay hechos, solo interpretaciones». Sobre todo, no hay valores, fines o bienes objetivos. Y por lo tanto, si no hay bienes objetivos, no hay males objetivos: como dijo Dostoyevski, «Si Dios no existe, todo está permitido».
Esta última cita nos recuerda a lo dicho por Raskolnikov sobre Napoleón: «todo le estaba permitido». Y ciertamente, así parece. La historia así lo cuenta. Sin embargo, Raskolnikov reconoce que «esos seres, por lo visto, no son de carne y hueso, sino de bronce».
«[…] Si no hay bienes objetivos, no hay males objetivos» resume en tan solo una línea el nihilismo. Si no hay una ley moral objetiva y universal, si no hay una verdad objetiva, si no hay valores absolutos, entonces el hombre tendrá que crear sus propios valores.
¿Pero quién se atreverá a hacerlo? El superhombre. El hombre que vaya más allá del bien y del mal, aquel hombre que supere esa moral del rebaño creada para debilitar a los hombres fuertes e independientes.
Pero todo esto depende de tan solo una cosa: que realmente no exista un mal objetivo; de otra manera, si existe un mal objetivo, existe también un bien objetivo.
Creo, queridos oyentes, que pueden ver hacia dónde voy con esto. Esta idea encierra el argumento principal de la obra sobre el cual hablaremos en el próximo episodio.
Y hablando del próximo episodio, y ya que en este hablamos sobre las ideas modernas que enferman al hombre, en el episodio número tres de «La Última Cruzada» hablaremos sobre los síntomas y el remedio a dicha enfermedad.
Una vez más quiero agradecerles por tomarse el tiempo de escuchar este episodio. Y antes de dejarlos, quiero preguntarles: ¿existe la verdad? Los leo en la caja de comentarios.
Hasta el próximo episodio.